EL CONCEPTO CRISTIANO DE LA CONVIVENCIA SOCIAL

Publicamos a continuación el texto de una conferencia dictada por el Dr. Francisco Valsecchi a jóvenes universitarios en el año 1952.

La situación actual

Ante todo, debemos comprobar un hecho. El hecho es que si nosotros miramos en todas partes, en todos los países del mundo, nos  encontramos con un orden social que no es ni humano ni cristiano. No es humano porque no responde a las exigencias de la naturaleza humana; y no es cristiano porque no responde a las exigencias de la gracia. No es humano porque en general, este pseudo orden social nos opone obstáculos a nuestra felicidad terrena; ni cristiano porque este mismo desorden social crea obstáculos para la salvación de nuestras almas. En otras palabras, nos encontramos frente a un sistema económico-social que  está enfermo. 

     En mi opinión podríamos sintetizar el diagnóstico de la enfermedad del mundo actual diciendo que ella se debe a una crisis de finalidad. Nunca ha habido un mundo más rico de medios y más indigente de fines. Las ciencias físicas nos dicen el “cómo” de las cosas pero el positivismo nos inhibe de averiguar su “por qué”. Las ciencias del hombre estudian hasta los repliegues más recónditos de lo consciente y de lo subconsciente pero no nos hablan del fin del acto humano. Esta crisis de finalidad se manifiesta en todos los campos: en el arte por el arte, en el deporte por el deporte, en la técnica por la técnica, en el Estado por el Estado. Crisis de finalidad en todos los ambientes. Pues bien: este diagnóstico de enfermedad por crisis de finalidad también lo podemos aplicar al sistema económico-social que estamos viviendo. 

 La crisis en lo social

     La crisis de finalidad en lo social se debe a que se ha perdido la noción del fin del hombre. El hombre hoy es considerado un medio para lo social. Y entonces podemos presentar a esta crisis de finalidad en lo social diciendo que nos encontramos frente a lo que algún autor ha llamado la “masificación social” es decir, estamos en presencia de una sociedad de masas; una sociedad de masas sin estructura ni responsabilidad personal. En su mensaje de Navidad de 1944 Pío XII establecía la diferencia que separa al pueblo de la masa diciendo: “Pueblo y multitud amorfa o como suele decirse “masa”, son dos conceptos diversos. El pueblo vive y se mueve con vida propia mientras que la masa es inerte y no puede recibir movimiento sino desde afuera. El pueblo vive por la plenitud de la vida de los hombres que lo  componen, cada uno de los cuales en su propio puesto y a su manera es persona consciente de sus propias responsabilidades y de sus convicciones. La masa por el contrario, espera el impulso desde afuera, es juguete fácil en las manos de cualquiera que explota sus instintos o impresiones dispuesta a seguir hoy a ésta, mañana a aquella otra bandera”. 

     Pues bien: en todos los países del mundo hoy nos encontramos frente a esta masificación social, a esta sociedad de masas. Piensen ustedes en los hombres de nuestras sociedades. Los encontramos solitarios, aislados espiritualmente aunque apiñados materialmente como termitas. Piensen ustedes en nuestras grandes y modernas torres  de departamentos donde sus habitantes no tienen casi contacto espiritual. Quizás no se conocen o se conocen por primera vez en un ascensor que sube para llevarlos a sus respectivos departamentos. Piensen ustedes en las grandes fábricas donde los obreros mecánicamente unidos, no tienen tampoco comunicación espiritual.

Esta masificación la encontramos en todos los ambientes. Todos abigarrados en las salas de espectáculos públicos pero todos aislados, ignorándonos unos a otros; todos sujetos a las mismas reacciones emotivas de la radio, de los diarios, de la propaganda. Todos presos de estas fuerzas exteriores, de los “slogans” que nos rodean y nos obligan a pensar. Entonces nos encontramos con el fenómeno del gregarismo, el fenómeno de la proletarización en todos los ambientes, el fenómeno del estatismo puesto que el Estado también hace uso de esas técnicas sociales para formar la opinión pública. Todo ello da como resultado esta masificación social que da como resultado la falta casi absoluta de lo que llamamos libertad esencial del hombre es decir, la crisis de finalidad en lo social. Desconocer el fin del hombre nos lleva a la anulación de la libertad ya que el hombre que actúa movido por estos impulsos externos pierde su propia responsabilidad y sus convicciones. 

La crisis en lo económico

Pasemos ahora a la crisis de finalidad en lo económico. En el orden económico también se ha perdido la noción del fin porque se ha perdido la noción del fin de la riqueza. Así como en lo social la pérdida de la noción del fin del hombre ha llevado a la masificación, la pérdida de la noción del fin de la riqueza nos ha conducido al hedonismo económico es decir, a una economía del “confort”, a una economía del placer donde la riqueza que tiene por fin servir al hombre es buscada por sí misma. 

Los economistas distinguen tres tipos de bienes. Los bienes primarios que sirven para satisfacer las necesidades vitales del hombre; los bienes secundarios llamados también de confort o de bienestar y en tercer término, los bienes terciarios o de cultura es decir, de perfeccionamiento. Pues bien: estos tres tipos de bienes en un recto orden deben tener una cierta jerarquía. Pero lo que encontramos en el mundo actual debido a la pérdida de la noción de fin de las riquezas es una producción, un uso y una búsqueda excesiva casi exclusiva de los bienes de bienestar a costa de los bienes de necesidad y de los bienes de cultura. Con esto no quiero decir que los bienes secundarios o de confort sean malos en sí mismos sino que lo malo es que se los busque con primacía a todos los demás bienes y aún a costa de ellos. Por otra parte, como esos bienes de confort constituyen el monopolio de determinadas personas, de determinados grupos, de determinadas clases y hasta de determinadas naciones, se produce la desigualdad es decir, una mala distribución de la riqueza que provoca luchas sociales y hasta guerras internacionales creando como consecuencia una falta de justicia en las relaciones humanas contemporáneas. Tanto buscamos esos bienes de confort a costa de los bienes de necesidad y a costa de los bienes de cultura que por ejemplo, estamos acostumbrados a escuchar a grandes personajes de organizaciones nacionales e internacionales justificando argumentos neo-malthusianos a través de criterios de confort o de mayor bienestar. 

Como resumen de este esbozo podemos entonces decir lo siguiente: la crisis de  finalidad en lo social conduce a la masificación con la cual se anula la libertad. La crisis de finalidad en lo económico conduce al hedonismo económico y a graves atentados contra la justicia. Este es el drama actual. Los hombres de hoy reclaman libertad y justicia. El cristianismo concilia libertad y justicia porque la libertad sólo es genuina si se afirma en el ámbito de la justicia y la justicia sólo es verdadera si se actúa en el respeto a la libertad. Ante este planteo, ante esta crisis social y económica que invade a todo el mundo, los católicos deben promover el establecimiento del orden social cristiano que precisamente concilia libertad y justicia.

 La restauración de lo social

Pero no se puede volver a un recto orden social sino estableciendo como base y como fundamento el reconocimiento de Dios. Puesto que hay una crisis de finalidad en lo social, puesto que se ha perdido la noción del fin del hombre, hay que volver a enraizar lo social en el verdadero fin del hombre que es Dios. Además, para poder asegurarle al hombre la consecución de su fin y para poder garantizarle esa libertad que significa el respeto de sus derechos naturales y de sus responsabilidades sociales es necesario alcanzar, según las indicaciones del Sumo Pontífice Pío XII, la estructura orgánica de la sociedad. En el plano privado, el fortalecimiento de la familia. En el plano social, la integración de las distintas clases sociales para el bien común y la reconstrucción de los grupos profesionales para que el trabajo sea ennoblecido y para que participe mejor en la organización de la sociedad. En el plano político será necesario reconducir al Estado a su propia finalidad que es la de servir a la persona humana a través de la creación de un conjunto de condiciones externas para que ella pueda conservarse, desarrollarse y perfeccionarse. Es decir, debe reconducirse al Estado a su finalidad natural alejándolo de la posición actual alejada de las personas. Y en un plano más alto todavía, deberá integrárselo en la comunidad internacional para colaborar en el bien común de toda la humanidad.

La restauración económica

En cuanto al orden económico también hemos denunciado la existencia de una crisis de finalidad de la riqueza, hemos denunciado el hedonismo económico, hemos denunciado la falta de justicia. No se puede lograr una convivencia cristiana en lo económico sino mediante la realización de una directiva señalada por varios Pontífices, en especial por Pío XII relacionada con la equidad de la propiedad. Los bienes económicos han sido creados por Dios para el bien de toda la humanidad, de todos los hombres, para uso de todos. Por lo tanto la mejor forma para que todos los hombres usen de esos bienes y se apoyen sobre ellos para perfeccionarse culturalmente es que todos en lo posible, sean propietarios. A los católicos se nos abre aquí un campo enorme de actividad. Así, la reforma agraria rectamente concebida puede llevar a que cada familia campesina sea propietaria de su tierra. En las grandes urbes la reforma de la empresa puede conducir a que los trabajadores lleguen a participar en los resultados, en la gestión o en la propiedad. Todo ello claro está, de acuerdo con los límites señalados por la doctrina social dela Iglesia.

Por otra parte la redistribución del ingreso nacional que se realice a través de una sana política fiscal puede asegurar una mejor y más equitativa distribución de los ingresos entre las distintas clases sociales. Y por fin, una leal cooperación internacional puede lograr una mejor distribución de las riquezas entre las naciones. De este modo a través de una mayor difusión de la propiedad entre las familias, entre las clases sociales y entre las naciones se puede llegar a establecer un orden económico que respete el fin de los bienes materiales asignado por Dios que es el de servir a todos los hombres y poder ser usados por todos ellos. De esta manera la justicia se podrá obtener en lo económico mediante una más equitativa difusión de la propiedad.

 Síntesis

Sintetizando lo expuesto podemos decir que el orden social cristiano ha de establecerse sobre el reconocimiento de Dios, sobre el respeto de la dignidad de la persona humana, sobre la estructuración orgánica de la sociedad y sobre la mayor difusión posible de la propiedad. Pero este orden social cristiano que concilia la justicia con la libertad no podrá ser realizado sin la caridad. 

 Yo he terminado mi exposición y lo único que quisiera remarcar está dirigido a los jóvenes. Pues bien: la juventud católica ha de sentir intensamente el ideal del orden social cristiano. Nadie mejor que los jóvenes para comprender la belleza de este ideal. 

 

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Una respuesta a EL CONCEPTO CRISTIANO DE LA CONVIVENCIA SOCIAL

  1. Javier García Labougle dijo:

    Que claridad y sencillez. Casi medio siglo despues, sus palabras tienen una vigencia actual y siguen siendo una guía de principios báscios y rectores: reconomiento de Dios, respeto de la dignidad de la persona humana, estructuración orgánica de la sociedad y difusión de la propiedad

    Congratulaciones por la publicación
    Saludos
    Javier

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