LA INSOPORTABLE CULTURA DE LO POLÍTICAMENTE CORRECTO

LA INSOPORTABLE CULTURA DE LO POLITICAMENTE CORRECTO

Por Ludovico Videla

Definir lo “políticamente correcto” es bastante complicado porque más que un concepto o una doctrina específica, refleja  una actitud, una moda. Su contenido puede variar de sociedad en sociedad y ajustarse al vaivén de los liderazgos y momentos políticos. Hoy lo “políticamente correcto”  impone portar una chaqueta de un color y rechazar otra que era casi obligatoria hasta hace poco, sin que ninguna justificación sustente el cambio: es así, es lo que hay.

En general, una afirmación para ser “políticamente correcta”, debe gozar de la aceptación general de los medios de comunicación. Ello no implica de ninguna manera que se defiendan valores esenciales, o que lo que se defiende en este momento sea racionalmente consistente. Las contradicciones pueden ser manifiestas y lo que hoy sirve, mañana se descarta. Lo central es estar a la vanguardia, apoyar una cierta idea de “progreso”.

Decía Marta Minujín, escultora argentina, ícono cultural y artístico de “lo políticamente correcto”: “me gusta corromper con el arte” (cfr. La Nación, 20/2/11). Parece sorprendente, pero el nihilismo y la contestación son lo más convencional y expresivo de la moda de lo políticamente correcto. Nada más a la page que divertirse intentando destruir el orden natural o cualquier atisbo de él.

Vladimir Volkoff, estudioso francés de la manipulación informativa, sostiene que lo “políticamente correcto” consiste en la observación de la sociedad y la historia en términos maniqueos. Lo “políticamente correcto” representa el bien y lo incorrecto el mal. El bien consiste en la aceptación y tolerancia a cualquier opción “políticamente correcta”, pero que sea construida. Todo lo correcto es construcción social. El súmmum del mal es aceptar lo dado, ya sea esto de carácter religioso, étnico, histórico, social, moral, sexual  e incluso los hechos históricos y sus  avatares humanos debilidades y errores. Lo que pasó, es la historia que ni Dios puede cambiar, pero para lo “políticamente correcto” su relato debe adecuarse a la nueva construcción social.

Lo “políticamente correcto” no atiende a la igualdad de oportunidades en el punto de partida como un sentido razonable de equidad propondría, busca afanosamente el igualitarismo en los resultados, en el punto de llegada, por eso irrita todo aquello que establece un límite que no puede superar la voluntad o el capricho.

Como la mayoría de las cosas nos son dadas, y en general por la Gracia de Dios, luchar contra las formas y límites de lo real implica cierto estado de locura. Si Chesterton viviese tal vez defendería la tesis de que lo “políticamente correcto” es un estado de locura no percibido, un exceso del razonamiento.

Los promotores de lo “políticamente correcto” han sido los grupos antirracistas, feministas y pro gay de los Estados Unidos. Su prédica se ha extendido y los socialismos varios se han incorporado a esta moda, que le brinda la ventaja de soslayar la necesaria explicación del completo fracaso del modelo soviético y de sus satélites. El comunismo y el socialismo han reemplazado con gran velocidad las fracasadas banderas de la revolución, para encolumnarse detrás del “progreso” y lo “políticamente correcto”.

Sin duda en Francia, Italia y España, pero también en la Argentina vemos a conspicuos comunistas de otrora transformados en los líderes “progresistas” de hoy. Un sociólogo italiano de izquierda, Luca Ricolfi disconforme con este travestismo político criticaba a sus pares en un estimulante libro que recomiendo.[1] Para Ricolfi la izquierda progresista italiana abusa de los esquemas secundarios, aquello que Carl Popper llamaba hipótesis ad hoc, que permiten escapar de los hechos. El dice que no existe parangón con  el inmenso esfuerzo de la cultura marxista, de ocultar los hechos- pobreza, trabajos forzados, represión, genocidios, asesinatos – y edulcorar la evidencia histórica disonante de la Unión Soviética, China y Cuba.

Ricolfi, también acusa a la izquierda de someterse a la dictadura de lo “políticamente correcto” que ha condenado a muerte a palabras de por sí inocentes.

Ricolfi coincide con nuestra acusación. Para cambiar o disimular la realidad, los movimientos y organizaciones que proponen la transformación de la sociedad hacia lo “políticamente correcto”, utilizan “acciones afirmativas”, que buscan desplazar actitudes sociales  consideradas racistas, sexistas, homofóbicas, o discriminatorias. Para ello se impone una férrea dictadura del lenguaje. Ya no se puede decir más hombre o mujer y debe reemplazarse por “preferencia sexual”. Padre o madre está vedado y debe decirse progenitor  uno y progenitor dos. Indígena, viejo, mucama, portero, negro, basurero, cartonero, sodomita,  sordo son términos “políticamente incorrectos”. No es que me volverá la juventud si me llaman “integrante de la tercera edad”, o la audición si me nombran “discapacitado auditivo”, pero para estos grupos la diferencia es fundamental, se evita la discriminación.

El feminismo, el movimiento gay, la izquierda, el progresismo han tomado el liderazgo en la imposición de lo políticamente correcto. Ellos ofrecen la utopía de un mundo en que todos seremos iguales y felices, meta que alcanzaremos apoyando el “progreso” hacia ese destino transitado por la ruta de lo políticamente correcto.

Distinguir entre izquierda y derecha es un divertimento sin mucho sentido hoy día, porque cuando llega el momento de usar el lenguaje o imponer con leyes lo políticamente correcto, todos se unen en una gran confusión.

Llegado a este punto quiero explicar el adjetivo de insoportable de esta cultura. Luca Ricolfi apunta en el libro citado que la izquierda en Italia sufre un complejo de superioridad ética. Apuntan con el dedo a la derecha porque ellos son los “buenos”. Con la cultura de lo “políticamente correcto” sucede lo mismo, sus defensores se consideran los justos incorruptibles que imponen lo inevitable, los efectos del “progreso”.

Pero si como decía el entonces Cardenal Ratzinger “la idea de verdad ha sido eliminada en la práctica y sustituida por la de progreso”, ¿desde qué categoría se juzga a los que no aceptamos lo “políticamente correcto”?. El relativismo del progreso no puede ser decálogo de ningún juicio absoluto, es una contradicción insoportable.  Una cultura insoportable, como sus voceros y “voceras”.


[1] Ricolfi, Luca, Perché siamo antipatici? La sinistra e il complesso dei migliori. Longanesi, Milan, 2005.

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